domingo, 6 de abril de 2008

La fiebre amarilla en Buenos Aires


Nunca conoció Buenos Aires tiempos más tétricos y oscuros como aquellos primeros seis meses de 1871. El brote epidémico, como ahora, había surgido en Paraguay, y las condiciones sociales y sanitarias de la vieja aldea, que caóticamente trataba de convertirse en metrópoli, favorecieron su llegada a Buenos Aires. Hoy, que las tapas de los diarios han vuelto a hablar de la fiebre amarilla, repasar aquel flagelo ayudará a comprender que muchas condiciones que entonces lo hicieron posible, están presentes en esta Buenos Aires del siglo XXI.

Cuando en el caluroso enero de 1871 comenzaron a llegar los primeros veteranos de la Guerra del Paraguay, la fiebre desembarcó con ellos. Buenos Aires tenía algo más de 180.000 habitantes, muchos de los cuales eran inmigrantes que se hacinaban en los conventillos del Sur. La mayoría de la población se abastecía de agua de aljibes e incluso del propio río. Los saladeros y el Riachuelo eran focos de podredumbre e infecciones.
La primera muerte se contabilizó el 27 de enero en una vivienda de la calle Bolívar 392 (hoy 1262). Al pasar los días, fueron en aumento y al promediar febrero no bajaban de 40 diarias. Los más afectados eran los inmigrantes italianos, que fueron estigmatizados. Al comenzar marzo, cerraron escuelas, iglesias, bancos y comercios.
Una comisión popular recorría las casas donde había habido una muerte y desalojaba a sus ocupantes, cuyas pertenencias eran quemadas en una pira. Los muertos ya eran cientos cada día. Miles de porteños huyeron y el presidente Sarmiento con todo su gobierno abandonó Buenos Aires.
En abril la epidemia llegó al punto máximo. El 9 se produjeron 501 muertes; el 10 de abril 563. Los médicos caían ellos mismos víctimas del mal. Así dieron la vida, entre otros, los doctores Roque Pérez, Manuel Argerich y Francisco Muñiz.
El cementerio del Sud, hoy convertido en Parque Ameghino, colapsó y debieron adquirirse tierras en la Chacarita de los Colegiales, para enterrar a los muertos. A lo largo de la calle Corrientes, un tren de la muerte trasladaba a las víctimas hacia las fosas comunes.
Hacia junio, cuando el frío amenguó la epidemia, las muertes totales se estimaron en 14.000. Buenos Aires ya no sería la misma. Los barrios del Sur comenzarían una decadencia de varias décadas y el conventillo iría retrocediendo como la vivienda típica de una ciudad decidida a modernizarse y que en pocos años se convertiría en la París de América del Sur.
Pasaron 137 años, pero mucho en la Buenos Aires actual se parece más a aquella ciudad que conoció el horror. Las condiciones de vida en las villas son peores que la de los conventillos de entonces, miles buscan en la basura su forma de sustento, y las quietas aguas del Riachuelo son el oscuro testimonio, a la vez que una alarma, de una Buenos Aires a la que las lecciones de la historia parecen serle ajenas.

Javier Navia

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