domingo, 6 de abril de 2008

El burrito catamarqueño


Pasión y muerte, miles de ejemplares silvestres de este animal bien criollo fueron capturados para faena en la provincia

Tan criollo es el burro y tanta aceptación le damos y tanta fábula noa ha proporcionado y, sin embargo, apenas si lo conocemos, y en cuanto a las personas jóvenes casi ni lo han visto a no ser en ilustraciones, fotos, dibujitos. Tan criollo y tan español por supuesto, y es por eso que para las fiestas se viene –mallorquino o catalán, que así se llaman sendas razas- “cargaito’e turrón”, siendo, además que, como bien sabemos, bastante tiene que ver con la devoción de esas fechas y no por casualidad es que resulta infaltable entre las figuras del Pesebre, tras haber sido el encargado de llevar a la Sagrada Familia a Egipto y de sustentar al mismísimo Jesús en su entrada triunfal en Jerusalén.

Quizá por ser de más seguro andar en terrenos escarpados que el caballo es que debe haber habido muchos tierra adentro, pues nuestra imagen de las provincias “arribeñas” está - o estaba- entrañablemente vinculada con los burros. Salta o Jujuy, Catamarca o La Rioja, y Córdoba, sobre todo, acerca de la cual basta recordar aquella clamorosa burla porteña al ser derrocado Juárez Celman : “Y ya se fue, / y ya se fue,/ el burrito cordobés/ por la calle Santa Fe…”

Pero ahora en cambio, parece que hay muy pocos, porque es bastante raro encontrarlos y cuando ello ocurre en lugares turísticos generalmente son meros anzuelos que tiran los fotógrafos para atrapar puebleros súbitamente convencidos de o pintoresco que es salir retratado a horcajadas de las pobres bestias.

Por contrapartida, es verdad, tenemos que el burro es símbolo de terquedad y que en su eventual extensión a lo humano viene a representar ignorancia rematada, sin contar con que también suele motejarse de “burro” al caballo de mala estampa, o al de carrera no demasiado veloz.. Pero, en fin, una cosa por la otra; el calor navideño por un lado y la ternura de aquel “todo blanco” recordado por Juan Ramón Jiménez, y del otro, la inevitable maledicencia los ávidos de morder la inalcanzable zanahoria, o indiferentes al extremo, como aquel “burrito del teniente / que lleva carga y no la siente”.

Julio César Forcat, docente de Belén (¡precisamente!), provincia de Catamarca, los ama. Los estudia y se ocupa de ellos a propósito de un hecho muy cruel que esta sucediendo en os cerros de por allá. Lo ha contado y cito uno de sus relatos: “Más de 300 burros domésticos y silvestres fueron capturados para ser sacrificados en las localidades de Laguna Blanca, Corral Blanco, Villa Vil y Barranca Larga, del departamento Belón, durante los meses de julio y agosto de 2006. La totalidad de los burros era conducida a Villa Vil y allí se los obligaba con picanas eléctricas a subir a los acoplados de los camiones. En éstos los animales eran transportados al matadero ubicado en La Pampa.

“La captura, el viaje a Villa Vil y el embarque en el acoplado duraba dos días. Desde Villa Vil hasta el matadero el viaje tardaba otros tres días. En total debían permanecer cinco días sin comer y sin beber, amontonados en los acoplados. Según mis observaciones, en los acoplados había burros pequeños y burras preñadas”
.
Protestó Forcat, protestó y protesta, sin haber encontrado hasta ahora más que oídos sordos. A despecho de leyes y reglamentaciones , suele suceder que en el momento de disponer medidas, la cotización del kilo vivo pesa más que otras consideraciones: no es novedad.

Había por ahí, calcula él, unos 6000 burros silvestres, los que estarían siendo diezmados. El adjetivo que los califica asombra un poco, pero es adecuado para aplicarlo a estos animales cimarrones: desechados poco a poco del ámbito de trabajo en que antes participaban se fueron yendo, sin que a nadie le importara, para los montes y ahí los hábitos de la vida silvestre, hasta que ahora la misma mano del hombre vuelve a alcanzarlos.

Claro que hay otras razone y hasta alguna “patada de burro” interpuesta, y no faltarán alegatos de buena gente ecologista que argumentarán que se han reproducido en exceso y terminan por ser perjudiciales. Acaso sean voces sensatas, sólo que tristes. Tan luego ahora, con las orejas largas recortadas contra la paja del Pesebre y el tembloroso belfo acercándose al Niño para trasmitirle calor. Pero éstas son consejas y vanos sentimentalismos.

Fernando Sánchez Zinny

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